INCENDIOS CON HISTORIA

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La biblioteca de Babel



Se cumplen ahora 25 años del memoricidio de Sarajevo, que es como Juan Goytisolo llamó al incendio que acabó en 12 horas con seis siglos de cultura. Usted se acuerda, no lo niegue, y si no se acuerda por su memoria histórica, se acordará por su memoria sentimental, porque la destrucción de la biblioteca de Sarajevo y el cielo de la ciudad cubierto durante días de páginas ennegrecidas, se convirtieron en la imagen icónica de una guerra que nos parecía lejana entonces, pero que hoy nos sirve para explicarnos muchas cosas.

No hay nada como destruir una biblioteca para demostrar al mundo lo fácil que resulta cargarse una civilización. Porque no se trata solo de arrojar los libros a las llamas como hicieron el cura y el barbero del Quijote por aquello de que muerto el perro se acabara la rabia. No.

Meterle el cerillo a una biblioteca es mucho más, «donde se queman libros, se terminan quemando también personas» decía Heinrich Heine. Y no hace falta irse a Alejandría, ni a los autos de fe de Cisneros en Granada, ni siquiera al Berlín de Hitler tan dado a la piromanía libresca. Mucho más recientes están la quema de la biblioteca nacional de Bagdad,–cuyas llamas, junto con la destrucción de la estatua gigante de Sadam Husseim son la imagen más potente de la caída de Irak– o el incendio del Instituto Egipcio, que acabó, en aquella primavera árabe de 2011, con la más importante colección de mapas y manuscritos del país.


De entre los restos de la biblioteca de Sarajevo, los bibliotecarios y los vecinos intentaron salvar, aún bajo las balas de los francotiradores, parte de la herencia multicultural de la zona que había quedado reducida a cenizas, como un macabro paradigma de lo que estaba sucediendo en Yugoslavia. La imagen, sin duda, dantesca, sirvió para reconciliarnos con el espíritu que logró imponerse a la barbarie, y como en la novela de Ray Bradbury, la reconstrucción de la sociedad comenzó reconstruyendo en la memoria lo que había sido la biblioteca nacional.


Es por eso, por lo que cada 24 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Bibliotecas, como un tributo debido a la labor callada que desde las bibliotecas se hace por la preservación y la conservación de lo que somos y de lo que fuimos y de lo que, tal vez, seamos algún día. Porque en el fondo, sabemos que estamos hechos de palabras y que la historia –ese bálsamo de Fierabrás que sirve para explicar todo– se asienta sobre los testimonios recogidos en los libros. Quizá lo único que nos salva de la ignorancia.

Que se lo digan, si no, a los vecinos de Darayya, en Damasco, que en medio de los bombardeos de la ciudad sitiada, sintieron la necesidad de recuperar de entre los escombros lo único que la guerra no podría arrebatarles. Su dignidad hecha libros. Y en medio de la guerra, combatientes rebeldes, vecinos, niños incluso, se unieron para comenzar a construir una biblioteca subterránea. Un lugar, al principio, donde recuperar la calma y la tranquilidad que el caos y la destrucción les habían arrebatado. Un lugar, al final, donde alimentar la esperanza de que las cosas pudieran cambiar.


Consiguieron libros –más de 14.000– con los que formar colecciones desdentadas que, de manera insolente, desafiaban al peor de los destinos. Primero libros infantiles, toda la literatura nacional después, luego enciclopedias, más tarde manuales universitarios donde la población podía continuar formándose pese a todo. Subterráneamente, clandestinamente, secretamente… Durante cuatro años. Una sociedad secreta donde la población siria podía respirar, «la biblioteca me devolvió la vida, así como el cuerpo necesita comida, el alma necesita libros», decía Alahmar, uno de los impulsores de esta biblioteca, el único lugar del mundo, en el que Siria seguía siendo un país en paz.

A finales de agosto pasado, el régimen y los rebeldes de Darayya llegaron a un acuerdo. Los civiles fueron desplazados y la biblioteca se fue con ellos. No los libros, que fueron embalados y guardados en almacenes; con ellos se fue la memoria de su país, su biblioteca, la que nunca pudieron destruir del todo. Amjad tenía 14 años cuando comenzó el asedio, y encontró en la biblioteca subterránea un motivo por el que seguir viviendo. Los libros le permitieron crecer como persona, incluso le permitieron enseñar a leer a su madre, subvirtiendo de una manera descarada el orden natural, por el que los padres son los que enseñan a los hijos.


Por cosas como esta merece la pena celebrar el día, aunque a usted le parezca una frivolidad, con la que está cayendo. Tal vez Donald Trump se imponga en las elecciones a la «such a nasty woman» de Hillary Clinton; tal vez la semana que viene tengamos un gobierno oficial –aunque nunca caballero–; tal vez Teresa Rodríguez y Carmen Lizárraga consigan ponerse de acuerdo; tal vez el PSOE logre recomponerse ante el espejo roto de su propia militancia… Quién sabe. El mundo se ha convertido en una gigantesca torre de Babel.

Pero mientras haya una biblioteca sabremos que no todo está perdido, aunque no entendamos nada. En sus estanterías se guarda lo que fuimos por si alguien, alguna vez, quiere saber lo que podemos llegar a ser.

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(1a Parte)


El teatro del incendio
En el mes del 39º aniversario del incendio del Teatro Argentino de La Plata, Marcos Núñez reconstruye aquel día desde las voces de los protagonistas. Un relato inédito que narra los silencios de la ciudad de uno de los hechos más misteriosos ocurridos durante dictadura.



El viejo Teatro Argentino había sido inaugurado en La Plata el 19 de noviembre de 1890, día del octavo aniversario de la ciudad fundada por Dardo Rocha. Después del incendio, los artistas del Teatro comenzaron un peregrinaje por las distintas salas de la ciudad. Y de la provincia. El itinerario local incluyó el Salón dorado de la Municipalidad, el Anfiteatro del bosque, el cine Mayo, el Coliseo Podestá y el Cinema Rocha, entre otros. 1990 fue un año de fiesta: se celebró el centenario del Teatro Argentino. Un teatro que era polvo. Las presentaciones se hicieron en alguno de aquellos lugares.



Ese martes la temperatura máxima alcanzó los 26,8ºC a las 16:40 en casi todo Buenos Aires. En cambio, en la capital provincial el calor había ascendido a su punto máximo dos horas antes, cuando el fuego trepó indiscriminadamente por las paredes y techos del Teatro Argentino de la Plata. Era octubre de 1977.

Orquídea llevaba un delantal cuadriculado rojo y blanco y se movía silenciosa por la cocina, llevando y trayendo trastos con delicadeza, la misma delicadeza que la fuerza de la costumbre había impuesto en sus modos después de años de trabajo en la Biblioteca de Casa de Gobierno. Dejó una olla sobre la hornalla y salió al patio de la casa de calle 10 entre 33 y 34 a tender ropa; cuando escuchó el rugido del motor del auto de Néstor aflojó el pasador de herraje orlado y le abrió el portón.

—Cuando salgo, le digo “mirá qué humo hay allá, es cerca del Teatro Argentino”, porque se veía la columna de humo. Y cuando suena el teléfono y avisan, o la radio, no sé qué fue, del incendio en el Teatro, salimos enseguida. Llegamos primero nosotros que los bomberos.

A unas veinte cuadras de donde estaban parados, es decir, en la manzana delimitada por las calles 51, 53, 9 y 10, el segundo Coliseo más importante del país detrás del Teatro Colón estaba echando humo como una chimenea industrial. La Policía de la Provincia, a las órdenes del coronel Ramón Juan Alberto Camps, ya estaba apostando cuatrocientos oficiales cien metros a la redonda. Orquídea y Néstor avanzaron hasta donde pudieron, tiraron el auto por ahí y siguieron corriendo. No era para menos: Celia, de trece años, segunda hija del matrimonio Crivaro, estaba practicando danzas en uno de los pisos superiores del Teatro, donde funcionaba la Escuela de Danzas Clásicas.



Los oficiales les cortaban el paso pero a empellones ganaban terreno. Hasta que la muralla azul fue infranqueable. Se les ocurrió ir hasta la Comisaría Primera, frente al Teatro sobre calle 53.

—Acá no hay chicos —los atajó un uniformado.

En eso vieron que una mujer pequeña y cenicienta les hacía señas desde la esquina, bajo el balcón de un caserón de paredes enmohecidas. La comisaría había sido la primera opción para la treintena de niños que practicaban danzas con la profesora Raggio, pero frente a la negativa de sus dueños la señora de la esquina los había recibido en su casa.

—No, los chicos a la calle no —había dicho. Y los entró.

Orquídea y Néstor abrazaron a Celia que había corrido hacia ellos. Era una niña alta para su edad y tenía un estado atlético propio de una bailarina precoz; aun así, su cuerpo frágil se desplomó entre los brazos de sus padres, como si estuviera hecho de mirra. Celia fue una de las doscientas personas que estaban en el edificio cuando se produjo el incendio.

Más tarde, en ronda de prensa, Ramón Camps señaló que los niños concurrentes a la Escuela de Danzas “fueron puestos a salvo de inmediato”. La historia, en esencia, era cierta; sólo eran falsos las circunstancias y algunos actores.

A Celia nunca le habían parecido tan largas las escaleras de mármol gastado como aquella tarde. Su madre, Orquídea, asegura que los escalones estaban tan atrofiados, comidos por tanta suela, que para quienes usaban diariamente la escalera era habitual subir por los flancos, pegados a la pared o a la baranda; por el centro nunca.

—Justo le había comprado un jumper —relata Orquídea—, un modelo precioso: tenía una pecherita que venía cosida, en la cintura, a una pollera acampanada; era de jean, recién salía el jean en ese momento. Tenía unos dibujos y unos bordados hermosos. Después fui a buscar otra igual y no encontré.

***

Por entonces, en esa época de fuego generalizado, el Teatro convocaba, función tras función, a cientos de espectadores. Porque el teatro era otro; porque las entradas tenían precios irrisorios; porque había funciones populares; porque las parejas iban a besarse por primera vez en el gallinero, el sector popular; porque era el plan del fin de semana para los estudiantes que venían del interior a estudiar en la ciudad.

La historia de Leonor y Héctor, podría decirse, es la historia del Teatro. Paredes adentro se vieron por primera vez, entre bambalinas y ensayos. Hacían, decían, una buena pareja.

Leonor Baldassari falleció a los 69 años en mayo de 2014. Su relato, en primera persona, nunca se hizo público. Nunca nadie la buscó para preguntarle nada. Pero legó su historia a su círculo más íntimo, a su familia y amigos. Héctor Almerares, su esposo, es un reconocido músico de la ciudad; fundó el legendario Cuarteto Almerares y fue concertino, es decir, primer violín, de la Orquesta del Teatro Argentino.



El día del incendio ensayaba el ballet y la rutina de los Almerares los expulsó de la casa a la una menos diez: en primer lugar, el falcon verde que manejaba Héctor se detuvo frente al jardín de Paula y Viviana y, luego, frente al Teatro Argentino donde bajaba Leonor. El conductor debía estar a las 14 de vuelta en casa porque el Cuarteto Almerares también ensayaba y era tan puntual como preciso en la ejecución de su repertorio.

La reconstrucción de un relato muchas veces oído, el de Leonor, aunque no quiera Héctor, sale deshilachada, de a retazos.

—En ese momento se estaba preparando todo para una clase que venía una media hora después; quien estaba a cargo de armar el cuadrado de barras para hacer la clase sobre el escenario separó una luz y la dejó arrimada a la tela. Todavía está trabajando en el teatro; yo creo que nunca se enteró de lo que hizo. Nunca dimos a conocer esto.

Héctor dice que esa luz, llamada “pirata”, era una especie de adorno que solía usarse. Medio inútil, dice. Estaba para que se entretuvieran “los fantasmas del teatro”, porque quedaban encendidas toda la noche.

—Leonor precalentaba con su partenaire y en uno de los giros ve una lucecita; se detiene y empieza a gritar “es fuego, es fuego”.

En pleno incendio, a Leonor se le ocurrió subir a su camerino, en el tercer o cuarto piso, para llevarse el cajoncito donde guardaba fotos de su familia, sus hijas. Allí le advirtió a Alicia lo que estaba sucediendo. Héctor, en tanto, se enteró por otra mujer:

—Yo estaba ensayando en casa con nuestro cuarteto; me llama mi madre y me dice llorando: “Se está quemando el Teatro”. En ese mismo momento salimos corriendo. Cuando llegué, quise entrar para buscar a Leonor pero fue imposible. Traté de abrir una de las puertas pero estaba como chupada. Hacía un calor tremendo, pero sobre todo había viento, muchísimo viento, como si lo estuviese produciendo el mismo fuego. Finalmente vi que a Leonor la estaban bajando en una soga, por la calle 10. La vi que estaba con el tutú blanco, llorando y con una tristeza enorme, pero con el cajoncito ese donde guardaba las fotografías.

Héctor, como muchos otros de los músicos, guardaba su instrumento en los roperos que había en el Teatro; cuando por fin pudo entrar, cuatro o cinco días después, sintió angustia y rabia al encontrar la gaveta forzada, abierta, y no precisamente chamuscada.

—Por un tiempo, Leonor no pudo seguir bailando, quedó muy shockeada. Estuvimos veintitantos años sin pasar por el lugar; no pasábamos, no podíamos, sentíamos un olor permanente. Y, además, al ver ese foso enorme ahí. Nunca nadie la llamó a mi esposa para preguntarle qué pasó ese día.

Una noche, mucho más acá en el tiempo, Leonor despertó a Héctor. Era madrugada y su cuerpo frágil se agitaba por toda la habitación, buscaba algo: un cajón con fotos de toda la familia. Y no lo encontraba. Y preguntaba una y otra vez a dónde podía estar. Héctor se desesperó. Ni siquiera a cuatro manos lo encontraban.

***

Héctor recuerda que en la parte de arriba de la sala, en la cúpula, se guardaba todo lo que tenía que ver con la escenografía.

—Había tanques de combustible, es decir, los solventes que se usaban en esa época. Solventes como el aguarrás, para diluir las pinturas, porque no era como ahora que tenés barnices al agua, pinturas al agua… En aquel entonces era todo combustible, y ese combustible, en tambores grandes, estaba arriba de la sala del Teatro. La parrilla del Teatro fue lo primero que se quemó, e inmediatamente el fuego subió a esa zona, donde el combustible explotó. Se vieron algunas explosiones, eran esos tanques. Ese fue el principio de la realidad. Después, bueno, los hombres somos así, era época de militares y se empezó a decir que lo hicieron quemar. Algo absurdo. Yo tengo desaparecidos en mi familia… pero trato de ser objetivo.



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(2a parte)
En los días posteriores al fuego se fueron formando dos posturas fuertes, los que bregaban por la reconstrucción y los que querían demolerlo. Había antecedentes de teatros europeos destruidos por la guerra y reconstruidos. Sin embargo, se decidió demolerlo.

—Se quemaron teatros en París, Viena, Londres, Holanda, en Milán, La Fenicce de Venecia; lo único que había que hacer era pensar en una nueva sala. Pero a nosotros no nos llamaron para saber lo que nos parecía.

Tampoco preguntaron ni pidieron permiso los saqueadores que arrancaron con palancas los mármoles de Carrara y los bronces de los palcos con el beneplácito del oficial de turno a plena luz del día. Por cosas como estas, a Héctor no le tembló el pulso para hacer lo propio.

—Recuerdo que entré por los pasillos antes de que lo tiraran abajo y encontré una baldosa salida; todavía la conservo. Después, también recuerdo que, cuando se enfrió todo eso, entré al Teatro por el lado de 9 y llegué hasta donde estaba el palco avant scene, el palco al lado de la escena. Me metí de joven, inconsciente, me ayudaron a colgarme del palco y arranqué una de las máscaras de la comedia y la tragedia; la tengo en casa.

Héctor revive esos tiempos violentos con amargura, y de ese hervidero lo salva la mujer de su vida. Leonor.

—El trabajo, o más bien el arte de una bailarina, es tremendamente complejo, de un estado físico deplorable. Mi esposa pesaba 45 kilos. Toda la vida, antes de irse al Teatro, comió en una ensaladerita, un recipiente en el que todavía le doy de comer al perro. Unas hojas de lechuga y, cada dos días, un huevo duro. Después se iba al Teatro y no tenía fuerzas, entonces tomaba un café doble con una o dos aspirinas. Una noche me preocupé, le dije: “¿Me hacés un favor, querida? Hacé una cosa, no tengo por qué estar presente, pero desvestite y mirate al espejo, con todo respeto y cariño te hablo, y tratá de ser imparcial a ver qué ves”. Nunca me contestó. Y murió con 45 kilos. En su mente seguía siendo bailarina. Dos o tres días antes de su muerte, me dijo: “Hoy me puse a bailar Giselle –que la había bailado muchas veces– y me salió. Pero ahora me duele todo el cuerpo”. Fue una grata sorpresa, porque la vi feliz.

***

Alicia Constantino tenía trece años cuando le contó el plan a su madre: “Este es el momento de trabajar con el cuerpo; con la cabeza puedo después”. La mujer, los labios juntos, la miró de lado y asintió. “Qué lástima, pero bueno”, dijo. Así, Alicia dejó la secundaría para dedicarse a tiempo completo a la danza, olvidó la escolta y la bandera, porque no le iba mal con las notas. Pero había elegido.

—Yo ya había tomado una decisión. Sentía que las dos cosas no se podían hacer bien, la escuela y la danza eran dos cosas distintas, y a ambas no podía llevarlas al mejor rendimiento.

Bailaba desde los diez en la Escuela de danzas y cuando cumplió dieciséis se presentó al concurso del Ballet. Cuando ocurrió el incendio en octubre del 77 era solista, estaba un escalón por debajo de la primera bailarina Leonor Baldassari, con quien compartía camarín, un recinto pequeño para dos personas que olía a cera y que, a pesar del mérito de las bombillas de luz, era oscuro.

Frente al espejo, el cuerpo frágil de Alicia. Había terminado casi de arreglarse; movió las manos gráciles, como corriendo un telón imaginado. Parecía que estaba dispuesta a atravesar el espejo cuando Leonor Baldassari, que había llegado tempano y estaba precalentando en el escenario, entró al camarín.

—Alicia, se está quemando el teatro —dice que dijo.

—Al principio me pareció una broma, pero después vi que ella empezó a recoger todas sus cosas del toilette, y yo hice lo mismo para salir corriendo. Pero antes quise pasar por el escenario. No recuerdo cuánto habré tardado en juntar mis cosas, pero no más de unos minutos; bajé un piso y pasé por el escenario y las llamas ya tenían un metro de altura. Eso me llamó mucho la atención, porque a veces uno quiere quemar una madera para hacer una fogata y tarda, y qué rápido se prendió todo eso. En ese momento corrí para la portería. Recuerdo que con la señora Esmeralda Agoglia, la directora del ballet, nos juntamos para tratar de abrir la puerta porque, como el fuego se chupa el aire, la puerta había quedado como sellada. Y tironeamos para abrirla; cuando pudimos salir se sintió una explosión. No sé si en ese momento se cayó el techo o fue posterior; no lo sé porque ya estaba afuera.

Según una de las versiones, en los días previos habían entrado por detrás del escenario tambores de kerosene o solvente o algún otro líquido combustible. La excusa era que, en esos tiempos, se usaba limpiar y mantener los pisos de madera con ese tipo de productos.

—Yo tuve una charla posterior con Esmeralda Comparada (ya fallecida), la encargada de almacenes. Me contó que generalmente se autorizaba llevar pequeñas cantidades de thinner o elementos inflamables arriba, al taller de escenografía. Toda la parte de arriba de la sala era taller de escenografía. Y la semana anterior al incendio habían llevado cantidades impresionantes de thinner, mucha cantidad de bidones de cinco litros; eso es lo que a ella le había llamado la atención.

Para Alicia Constantino es difícil describir fielmente lo que vio desde la vereda de enfrente del Teatro, todo ese magma simultáneo e inabarcable. Pero lo intenta.

Alicia vio la pasividad de las autoridades frente al incendio; vio salir al director muy tranquilamente, parecía que nada lo apuraba. Vio incendiarse el Teatro sin que llegaran los bomberos; tardaron muchísimo en venir. Llegaron primero los de Berisso y después llegaron los que estaban a dos cuadras; vio discutir a los cuerpos de bombero para saber cuál era el área de cada uno. Vio cómo los coches policiales pasaban y pisaban las mangueras y, mientras tanto, vio cómo el fuego se devoró toda la parte central del Teatro.

También vio al encargado de almacenes sentado en el cordón de la vereda llorando. Porque su lugar, el almacén, estaba sobre el escenario y todo eso se quemó, y estaban sus obras. Sus obras de arte. Vio escenas patéticas, como la compañera que tuvo una crisis y gritaba desesperadamente y después no volvió a ver en el Teatro; o músicos que desafiaron el humo –y la razón– y entraron a buscar sus instrumentos.



Madera y paño. Alicia afirma que el incendio sólo destruyó todo lo que era madera y paño, la sala, la parte central del Teatro. Todo lo que circundaba la sala quedó intacto, como las oficinas administrativas, o el hall de entrada, o los camarines, a donde incluso recuerda haber entrado una vez sofocado el incendio para sacar pertenencias.

—La intención fue tirarlo todo abajo. Incluso hubo saqueo de partes que podían haber quedado en el recuerdo, como el bronce de los palcos o las balaustradas de mármol… no sé qué pasó con todo eso.

La incertidumbre de Alicia no es tal. Ella, como muchos, puede aventurar a dónde fueron a parar esas piezas imperecederas.

—Después del incendio vivimos una vida de artistas itinerantes. Porque nos llevaban de aquí para allá; empezamos a hacer giras por el interior del país, giras que eran bastante lamentables, porque íbamos a escenarios que no tenían la mínima dimensión, por lo que había que recortar las obras. Empezaron a dejar su puesto algunos bailarines, otros no sé si fueron intimados a dejarlo, había cero ley.

Aceptaron eso porque debían mantenerse en movimiento. Porque los cuerpos artísticos se venían abajo. Tenían que salvarlos. Era 1977 y en la Argentina se respiraban malos aires, aires de opresión, de eufemismos, de verdades rancias. Había un Gobierno cívico-militar.

Había un patotaje… después del incendio nos sometieron a exámenes de revisión, lo que leímos como una amenaza para echar gente. Los exámenes no se hacían dentro de la legalidad.”

—Había un patotaje… Después del incendio nos sometieron a exámenes de revisión, lo que leímos como una amenaza para echar gente. Los exámenes no se hacían dentro de la legalidad.

Aunque los artistas, tanto bailarines como músicos, eran sometidos regularmente a evaluaciones, Alicia y sus compañeros no supieron ante quién levantar la voz cuando los evaluaba un jurado compuesto irregularmente; o cuando los mismos jurados eran ajenos al ambiente artístico y no reunían condiciones para tomar examen a una bailarina o a un violinista.

Ese tiempo posterior al incendio también trajo “una serie de cosas arbitrarias”. Las giras, por ejemplo.

—Nos querían llevar a hacer una gira pero no nos daban el material que necesitábamos, como las zapatillas de punta, o nos daban en forma escasa. En una oportunidad recuerdo que nos revelamos, nos negamos a hacer una gira y por eso fuimos suspendidos.

Y después vino la otra:

—Aparecieron viajes a cualquier parte del país que no habíamos hecho. Las autoridades de la provincia nos citaron a declarar: “¿Usted viajó a Tucumán en tal fecha?”, y yo le dije: “Mire, casualmente no, porque fue el cumpleaños de mi esposo”.



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(3a parte)


La noche que se incendió el teatro fue una noche espesa; el cielo estaba limpio, estrellado. Juan Garzo volvió a su casa después de una jornada agotadora de gritos y corridas y pesar. Lo esperaba su esposa y sus suegros, enterados de lo que había pasado; cuando llegó se desplomó sobre una silla, sin casi abrir la boca. Sólo atinó a decir una frase, que quedó reverberando unos segundos en el aire antes de desaparecer.

—Me quemaron el teatro.

Juan Garzo es tercera generación en el Teatro Argentino; lo pisó por primera vez a los catorce años, cuando entró caminando al lado de su padre. Se jubiló como Regente de escenario pasados cincuenta años de servicio, en 2014. Cuando ocurrió el incendio tenía veintiocho.

Una situación familiar lo había alejado de La Plata más de seiscientos kilómetros; pero el sábado, entre varios compañeros del teatro, le habían comprado un pasaje de avión para que volviera desde Bahía Blanca. Ese fin de semana, el domingo, vio la función del ballet brasilero María, María, y el martes, cuando salía para ir a trabajar, un vecino le preguntó a dónde iba. “A trabajar”, le respondió. “Pero si el Teatro se está prendiendo fuego”, le dijo el otro. Eran poco más de las dos de la tarde.

A bordo de un Dodge 40 llegó hasta 7 y 50 y no pudo avanzar más. Las calles ya estaban atestadas de curiosos aunque no se oía mucho, a decir vedad no se oía nada, un silencio espeso enrarecía la ciudad. Apartó de un golpe a un colimba que le había cruzado el fall impidiéndole el paso.

—Le pegué un apiña y salí corriendo, si me tiraba me tiraba. La vi a Leonor sentada en la ramblita de 51.

A empellones se acercó hasta las paredes del Teatro hechas con ladrillos venidos de Marsella. El humo negro subía desde las aberturas y el aire sabía a plástico. Como un autómata, junto a un grupúsculo de caras conocidas, se metió a salvar instrumentos en el subsuelo: contrabajos, chelos, instrumentos grandes que guardaban en un recinto de techos bajos atestado de gavetas, instrumentos que los músicos no se llevaban a sus casas por la dificultad de trasladarlos. Rompieron una ventana y sacaron a la vereda todo lo que pudieron hasta que tuvieron el fuego muy cerca y rajaron por la ventana.

“El teatro no se incendia en el 77, se empieza a incendiar el 24 de marzo del 76 con el golpe de Estado: no atacaron solamente a los chicos de las facultades, no solamente atacaron todo el patrimonio del país, sino también la cultura. Esa fecha es la primera cachetada al teatro. Porque hasta que se quemó el Teatro habían echado ya a 110 personas.”

—El teatro no se incendia en el 77, se empieza a incendiar el 24 de marzo del 76 con el golpe de Estado: no atacaron solamente a los chicos de las Facultades, no solamente atacaron todo el patrimonio del país, sino también la cultura. Esa fecha es la primera cachetada al teatro. Porque hasta que se quemó el teatro habían echado ya a 110 personas. Todos los días había camiones del ejército buscando armas adentro porque decían que éramos montoneros. Pero tuvieron mala suerte, no lo quemaron con nosotros adentro. Y encima, no se les quemó todo, quedó entero.

La sensación primaria fue esa, “nos quemaron el teatro”. No había posibilidad de pensar que se quemó por accidente. Porque no era la primera vez que había fuego en la sala, Juan Garzo recuerda haber sofocado más de un principio de incendio, él, ellos, sólo el personal.

***

Juan Domingo Garzo pasó casi cuarenta años de su vida pensando en ese día infausto. Y no le caben dudas: lo quemaron. Porque no estaba la barra pesada del teatro, los experimentados. “Ese día, no estábamos nosotros. Había chicos, aprendices”.

—El incendio comienza en una pata de tela con un cortocircuito de un artefacto eléctrico que estaba pegado a la pata. Las patas son las bambalinas negras que cuelgan a los costados del escenario. Pero sucede que esas patas no podían estar a nivel del piso, porque estaba la barra cruzada de ballet para hacer la clase, y la pata caía ahí arriba. Por otra parte, como costumbre, se dejaban a tres metros de altura, nunca en el piso. El único artefacto eléctrico era la luz que iluminaba al pianista que acompañaba la clase. No había nada que se pudiera quemar.

En una carrera por enumerar los argumentos que afianzan su hipótesis, Juan Garzo convoca otro hecho, también recogido por los entrevistados y por algunos diarios, en el fragor de los acontecimientos.

—Un mes antes de que se quemara el teatro habían entrado 150 litros de thinner. El thinner lo usaba Escenografía, que estaba en el techo de la sala. Pero el thinner quedaba en almacenes, que estaban en el primer subsuelo del lado de calle 51. Normalmente, si lo necesitaba, bajaba el escenógrafo, cargaba un tarro de thinner y lo llevaba a la sala para diluir la pintura. Bueno: un mes antes habían entrado 150 litros de thinner y los llevaron directamente a la sala de escenografía. La versión nuestra es que todas las patas estaban mojadas con combustible.




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El Regente de escenario suma, a lo antes dicho, más argumentos:

—Había unas bolas de vidrio para incendio que se arrojaban y estallaban liberando un líquido que combatía el fuego. Y al lado de las bolas había matafuegos. Cuando se incendió el teatro nos encontramos con que los matafuegos estaban descargados, las pelotas contra incendio no estaban.

El protocolo de incendio, describe el protagonista, tenía una premisa central: si había fuego en el escenario, un maquinista debía subir entre las parrillas porque en lo alto había una especie de trincheta que, al ser accionada, cortaba las sogas que terminaban por desplomar todo hacia el piso. Y sucedió que la trincheta no estaba y que los encargados no dieron abasto para cortar y tirar todo abajo y tuvieron que abandonar las tareas porque el fuego subía, y subía, y subía. “Porque eso estaba alimentado con thinner”.

El corolario de semejante retahíla de argumentos es tan contundente como los demás:

—Ese día se dio que había guardia de bomberos nueva, que no conocía el Teatro.

***

“Un gobierno que mata a treinta mil chicos también se caga en la cultura. Mataron una generación.”

—Un gobierno que mata a treinta mil chicos también se caga en la cultura —dice Garzo—. Mataron una generación —El silencio que continúa es largo—. La política de los países europeos después de la guerra fue reconstruir los teatros y las iglesias: la fe y la cultura, para que la mente saliera del horror. En La Scala de Milán tiraron una bomba de 500 kilos en la sala, y La Scala de Milán cumplió trescientos años. En Roma, el teatro La Fenice se prendió fuego. Hicieron una carpa al lado con escenario y todo mientras reconstruían La Fenice, y estaba más destruido que el Teatro Argentino. Y se reinauguró en 2003.

La inutilidad del Teatro Argentino, es decir, la inutilidad de su Sala era una certeza. Ese fue el punto en que Ballet, Coro y Orquesta comenzaron a vivir una vida de artistas itinerantes.

—No teníamos familia, no teníamos un carajo. Era un circo cultural. De Ushuaia a la Quiaca pasamos por todos los lugares; como, por ejemplo, por Cañadón seco, un pueblo que está en la punta de la Argentina, en Comodoro Rivadavia; tenían un teatro para 1.500 personas. Y el pueblo tenía 1.500 habitantes. A la noche, para la función, estaba el teatro lleno, estaban las 1.500 personas. El teatro cumplía una función importante, porque íbamos a lugares donde nunca habían visto un ballet o escuchado músicos. Hasta el año 87 esa fue nuestra única función. Salir, salir, salir. Yo llegaba a mi casa y no desarmaba la valija, porque a los dos días me iba de nuevo. Eso nos dio vida e impidió a los milicos que nos echaran a la mierda. Yo digo que mi mujer es la viuda del teatro, porque pasaba más horas adentro del teatro que en casa. Lamento muchas cosas que no pude vivir, pero no me quejo porque estaba haciendo algo que me gustaba y era parte de mi vida.

Después vino el tiempo del Cinema Rocha, un cine que el entusiasmo de los empleados acondicionó para que funcionara como teatro. Resultó un escenario grande pero precario, con camarines abajo del escenario entre hierros y acro. Funcionó desde el 87 hasta el 99. Garzo recuerda que venía gente de Buenos Aires con siete u ocho micros a ver el espectáculo. A ese lugar que era un circo. Todo caño. Y ahí vivieron.

En el año ochenta, cuando empezó la demolición, era común ver gente que besaba las paredes porque nunca había entrado al teatro. En los pisos superiores, sobre calle 9, los talleres de zapatería, sastrería y depósitos apenas se sacudían cuando la grúa arremetía contra las paredes perimetrales del edificio; lo mismo la sala de ensayo provisoria y los camarines artísticos. Inmutables.

La memoria de este hombre que fue Regente de escenario desde 1975 hasta que se jubiló en 2014 es la memoria de unas paredes que hoy son polvo. Pero sabe que la historia de los hombres está hecha de polvo, de hombres y de mitos.

—Estábamos vaciando el depósito de utilería que estaba al costado del escenario; no se prendió fuego porque tenía pisos de mosaico y las paredes que lo protegían. Por la ventana sacábamos las cosas. Y encontré una virgen que un artesano había hecho para la ópera Sor Angélica; entonces la agarramos con dos compañeros más y la pusimos en el piso mirando hacia lo que había sido el escenario, como diciéndole “mirá lo que hiciste, hija de puta”. Y seguimos sacando cosas. Como a la semana salió una nota sobre una mujer del teatro que había visto la virgen en el pozo del escenario, y quedó como la virgen milagrosa que se salvó del incendio. Monseñor Plaza, que era el arzobispo de la ciudad, encabezó una procesión desde el teatro hasta la catedral con la virgen; le hicieron un cubículo especial para la virgen. La historia que se armó. Es una virgen de cartapesta, papel y engrudo. ¡Cómo no se va a prender fuego!

http://www.diariocontexto.com.ar/2016/10/24/el-teatro-del-incendio/
 

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El misterioso incendio que en 1929 consumió la Escuela de Minas de Copiapó



El siguiente artículo desglosa el desarrollo de la tragedia acontecida y los efectos que tuvo a partir de crónicas de la época escritas en dos diarios locales, el Amigo del País y El Atacameño entre el 8 al 19 de enero de 1929.

Por Miguel Cáceres

Copiapó ha sido testigo de varios incendios en el transcurso de su historia, por ejemplo el de la iglesia La Merced en 1914 o el ocurrido en calle Atacama en 1951 y 1952 que destruyeron gran parte del barrio comercial de la época, más recientemente, el 2006 en calle O’Higgins con Maipú o el del 2009 en Chacabuco al llegar a Atacama. Sin embargo, el más lamentable de todos, por su impacto en la sociedad atacameña de la época, es aquel producido en la madrugada del 8 de enero de 1929 en el antiguo edificio que albergaba a la Escuela de Minas, actualmente Universidad de Atacama. Este aún sigue rodeado por un velo de misterio ya que nunca se pudo determinar las causas del siniestro.

EXTRAÑOS RUIDOS

A las 23:25 del 7 de enero, el Director de la Escuela, don Eduardo Nef, se retiró del establecimiento, pero antes de hacerlo detuvo el motor que se utilizaba para generar la electricidad que alimentaba la iluminación y los motores de los talleres. Quedaron en el inmueble el inspector general don Pedro Marincovich, el portero Pedro Zepeda y un mozo de apellido Astorga.

El señor Marincovich hizo una inspección al interior de la escuela para asegurarse de que todo estuviera en orden y luego, cerca de la media noche, se acostó en su habitación, la cual se ubicaba en la parte que daba a la calle, sin embargo, no pudo conciliar el sueño hasta las 2:00 dado que se sentía mal. Luego, fue despertado por extraños ruidos que provenían del techo de calamina, los que atribuyó a una lluvia, lo que le pareció extremadamente raro dado la estación del año.

COMIENZA EL INCENDIO

A eso de las 3:50, el señor Marincovich se levantó y abrió la puerta que daba al patio, encontrando que justo el edificio en frente se encontraba en llamas. En vano trato de apagar el fuego con un extintor cercano, por lo que corrió rápidamente hacia el teléfono más próximo para dar aviso en la ciudad, sin embargo, su esfuerzo fue infructuoso ya que el servicio telefónico finalizaba sus funciones a las 21:00. Finalmente, hizo un atado con su ropa y salió a la calle donde terminó de vestirse.

Paralelamente, don Gustavo Nordenflich, quien vivía en frente de la escuela se dio cuenta del siniestro, saliendo rápidamente hacia el centro de Copiapó para dar aviso, pasando por la casas del Comandante del Cuerpo de Bomberos don Tulio Rojas, luego la del Director de la Escuela de Minas y posteriormente siguió en búsqueda de un carabinero. A eso de las 4:35 llegó a la comisaria el carabinero Juan Contreras González, quien se encontraba en turno segundo en calle Atacama y puso en conocimiento al Oficial de Guardia la situación. Inmediatamente se comenzó a tocar la campana de alarma y todos los uniformados disponibles se comenzaron a trasladar hacia el sector de la escuela.

Entretanto, el señor Marincovich, al verse imposibilitado de controlar el ya declarado incendio, fue a darle aviso al portero Zepeda, quien aun dormía en su habitación y mientras lo hacía, logró rescatar el libro de matrículas, luego, se dirigió hacia los aposentos de mozo Astorga cuya habitación se ubicaba en uno de los pabellones aislados.

Para cuando los carabineros llegaron, la casa principal y edificaciones anexas ardían completamente, mientras que la parte central (de tres


Imagen de los antiguos brazos de la Escuela de Minas. Actualmente Universidad de Atacama.

pisos) que daba a la calle, ya se había desmoronado y las chispas que salían amenazaban con propagar el incendio hacia las viviendas particulares en frente. En el sector nuevo de la Escuela sólo se salvó un pequeño segmento del ala que daba hacia el poniente. Las tres cuartas partes del establecimiento quedaron en el suelo.

EL BOCHORNO DE LA BOMBA

A las 5:30 llegó el cuerpo principal de los bomberos con algunos materiales, entre ellos una bomba cuya manguera fue conectada a la piscina de natación, a estos se les unían más efectivos y vecinos que traían baldes con agua. Una vez que se inició la succión, se dieron cuenta de que faltaban piezas que impedían la aspiración. La parte ausente se encontraba en el cuartel y 30 minutos transcurrieron antes de volver con esta, sin embargo, al montarla, la bomba no funcionó y tuvo que pasar otra media hora antes de que finalmente operara. Recién a eso de las 6:30 y con potentes chorros se trató de detener el avance del incendio, mientras otras personas trataban de apagar los escombros, aunque para esa hora ya habían sido consumidos todos los edificios que dan al frente y los dos que salían hacia adentro.

Comenzó a aclarar y gran cantidad de vecinos y personalidades públicas llegaron al sitio a prestar ayuda, entre ellos el Intendente, el Juez Letrado y su secretario, el Comandante del Regimiento O’Higgins, el Prefecto, Oficiales de Carabineros, personal de Investigaciones, Superintendente del Cuerpo de Bomberos, entre varios otros.

El Regimiento O’Higgins aportó personal para ayudar a combatir el incendio, una parte apoyó la labor de los bomberos, principalmente al cortar una sección del edificio para contener el avance de las llamas, mientras que el resto del destacamento acordonó la zona para evitar accidentes y para salvaguardar los escasos objetos rescatados. Carabineros cooperaba en la extinción de las llamas y de prevenir desmanes por parte de los curiosos que se apostaban alrededor.

Finalmente, a las 8:00, el incendio había sido controlado y a eso de las 11:00 las mangueras se dedicaban a apagar el fuego de entre los escombros, labores que se extendieron casi por el resto del día.

Por otra parte, el deficiente actual del cuerpo de Bomberos fue fuertemente criticado, especialmente al no respetar sus propios procedimientos que habrían evitado, por ejemplo, ocupar una bomba en mal estado, así como también la ausencia de una línea telefónica exclusiva para emergencias, o la falta de efectivos de carabineros en el barrio de La Chimba y Alameda.

LAS CAUSAS

El origen y causa del incendio nunca pudo ser determinada con precisión, en un principio se atribuyó a una explosión del motor generador (casa de máquinas), pero luego se descartó ya que aquel tipo de motores no generaba chispas, además sus instalaciones habían sido realizadas con sumo cuidado por lo que no ofrecían peligro alguno y de hecho, una visita posterior reveló que el motor estaba en pie, junto con sus dos estanques de petróleo intactos.

Considerando que el señor Marincovich estima las 2:00 como la hora en que se durmió y que una patrulla de carabineros pasó por fuera del inmueble a eso de las 2:30 y no vieron nada, sólo bastaron 50 minutos para que el incendio estuviese declarado, por lo que la teoría de la intencionalidad fue una hipótesis que tuvo muchos adeptos, especialmente, si se considera que la colección mineralógica había sido sacada de su lugar usual y que el incendio podría haber tenido por motivo, ocultar el robo de varias valiosas muestras mineralógicas, que de hecho, nunca más fueron halladas, al igual que evidencias que apuntaran hacia esclarecer el hecho. Otros supuestos fueron una venganza contra del señor Nef, un cortocircuito o la presencia de alguien ajeno dentro de la Escuela luego de que el Director se marchara.

DAÑOS Y RECONSTRUCCIÓN

Como se mencionó anteriormente, el siniestro consumió tres cuartas partes de la Escuela, convirtiendo en ceniza varios pabellones del edificio, entre ellos el internado, la sala de máquinas, oficinas administrativas y el salón donde estaba la colección mineralógica. El despacho del señor Nef quedó totalmente calcinado, perdiendo su valiosa colección bibliográfica además de un busto de mármol de Ignacio Domeyko esculpido por el artista Virgilio Arias, así como también varios instrumentos geodésicos.

El costo de los daños se calculó en más de un millón de pesos de la época.

Por otra parte, el incendio respetó los talleres de Mecánica y Herrería, el edificio del laboratorio de Química, dos salones que iban a ser destinados al Museo Mineralógico y a las clases de Geografía y Explotación de Minas, la sala de Dibujo Técnico, la sala de baño y de lavatorios, también se conservaron los pabellones de los comedores y de la cocina y la bodega de Economía.

El incendio consumió un patrimonio histórico local y nacional. Y es que la Escuela estaba albergada en la casa de la familia Gallo Goyenechea, siendo la más grande y de mejor construcción de toda la ciudad y que representaba aquellos tiempos de riqueza por los que pasó Copiapó y la región, al mismo tiempo, echó por tierra la primera Escuela Práctica de Minería que hubo en Chile, la cual daba educación de calidad sus estudiantes, los que provenían de todas partes de Chile así como de los países vecinos, aportado decenas de profesionales a las minas y salitreras de todo el país.

Pese al adverso panorama y al profundo dolor que causó en la comunidad copiapina y la preocupación por el futuro de la Escuela y sus alumnos, el tesón del director Nef (labor que concluiría Hugo Torres Cereceda), la ayuda gubernamental y principalmente, el apoyo de la empresa privada (Andes Copper Mining, Chile Exploration Company, Braden Copper, etc) donde un sinnúmero de profesionales salidos de las aulas de la Escuela ocupaban importantes puestos, permitieron, finalmente, que la Escuela de Minas lograse ponerse de nuevo en pie.


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Incendio de Moscú de 1812


El incendio de Moscú, de Adam Albrecht (1841)

El incendio de Moscú de 1812 comenzó el 14 de septiembre en Moscú, el día en que las tropas rusas y gran parte de los residentes abandonaron la ciudad y la vanguardia de las tropas de Napoleón Bonaparte ingresaron en ella tras la Batalla de Borodinó. El incendio continuó hasta el 18 de septiembre; se estima que tres cuartas partes de la ciudad de Moscú fueron destruidas por el fuego.

Causas

Napoleón contemplando el incendio de Moscú

Antes de huir de Moscú, el Conde Rostopchín dio orden de que el Kremlin y los principales edificios públicos (incluidas las iglesias y monasterios) fueran volados o incendiados. Pero esta no fue la causa fundamental del incendio que destruyó la ciudad. Cuando la mayor parte del ejército francés se trasladó a la ciudad, se produjeron algunos incendios. Su causa no ha podido ser determinada y tanto las órdenes de Rostopchín como algún tipo de accidente o negligencia son causas posibles. Hoy en día, la mayoría de los historiadores atribuye los incendios iniciales al sabotaje ruso.1

El general Armand de Caulaincourt.2 confirma esta versión. Afirma que cuando llevaban tres días en Moscú, una tarde comenzó un pequeño fuego que fue extinguido y «se atribuyó su causa a que las tropas no tuvieron cuidado». Más tarde esa noche a las 22:30, su ayuda de cámara le despertó con la noticia de que «desde hace cuarenta y cinco minutos la ciudad se encuentra en llamas». Los focos de incendio continuaron apareciendo en múltiples puntos separados entre sí. Los incendiarios fueron arrestados e interrogados y declararon que su comandante había ordenado quemarlo todo. Más adelante, en el mismo capítulo, Coulaincourt afirma: «La existencia de detonadores inflamables, todos fabricados de la misma forma y colocados en diversos edificios públicos y privados, es un hecho que yo y otros hemos visto personalmente. Yo vi los detonadores y varios de ellos fueron llevados al Emperador». Y luego escribe: «El análisis de los archivos y órdenes de la policía… todo confirma que el incendio fue preparado y ejecutado por orden del conde Rostopchín».

La Grande Armée, que acampó y saqueó la ciudad, también tuvo su parte de responsabilidad, ya que muchos edificios se incendiaron por hogueras que se encendieron para cocinar. La catástrofe comenzó a partir de muchos pequeños incendios que crecieron rápidamente, quedaron fuera de control y formaron un incendio generalizado. Las medidas de control de Napoleón y las ejecuciones de incendiarios se pusieron en práctica cuando la mayor parte de la ciudad ya estaba en llamas. El fuego se extendió rápidamente, debido a que la mayoría de los edificios de Moscú era de madera. Y aunque la ciudad tenía un cuerpo de bomberos, su equipo había sido previamente retirado o destruido por orden de Rostopchín. Cuando Napoleón se retiró a un castillo fuera de la ciudad, sus tropas terminaron de perder la disciplina y comenzaron a saquear sin control por todo Moscú. Ni siquiera los duros castigos pudieron evitar el saqueo, ni que los soldados franceses golpearan a los residentes y cometieran violaciones durante el incendio.1

Lev Tolstói, en su novela Guerra y paz, sugiere que el fuego no fue causado deliberadamente ni por los rusos ni por los franceses, sino que fue el resultado natural de que una ciudad desierta, en su mayoría de madera, cayera en manos de las tropas invasoras en invierno, cuando casi todos los días se declaraban incendios, incluso cuando la ciudad estaba habitada y contaba con un departamento de policía en pleno funcionamiento. Al ser ocupada por los soldados, que comenzaron a fumar sus pipas, a cocinar sus alimentos dos veces al día y a quemar los bienes del enemigo en las calles, inevitablemente algunas hogueras quedarían fuera de control. Sin un cuerpo de bomberos eficiente, es probable que un incendio comenzado en una casa se extendiera hasta propagarse por el barrio, y en última instancia a toda la ciudad.

https://es.wikipedia.org/

Napoleón y el Gran Incendio de Moscú



El Gran Incendio de Moscú fue uno de los puntos culminantes de la invasión napoleónica de Rusia. En Junio de 1812 la Grande Armeé de Napoleón, compuesta por casi 700.000 soldados se internó en Rusia con el punto de mira puesto en Moscú. El ejército ruso se batió en retirada, sabedor de la superioridad militar francesa practicando una política de tierra quemada para dificultar el abastecimiento del enorme ejército napoleónico. No fue hasta el 8 de septiembre que los rusos presentaron por fin batalla en Borodinó, de la que los franceses salieron victoriosos despejando por completo el camino hacia Moscú.

Napoleón y el Gran Incendio de Moscú
Tras la derrota de Borodinó, el popular general ruso Mijaíl Kutúzov ordenó la evacuación de Moscú. Así, cuando Napoleón entró en la ciudad con su ejército quedó completamente desconcertado. Sus 270.000 habitantes habían desaparecido, la ciudad estaba completamente vacía de habitantes y suministros. Napoleón prohibió los saqueos a sus disciplinados soldados y se instaló en el Kremlim, pero esa misma noche a las 4 de la mañana hubo de ser despertado, la ciudad entera ardía en llamas, el Gran Incendio de Moscú había comenzado. La claridad que proporcionaba el fuego era tal, que se podía leer un periódico con ella.

El gobernador de la ciudad, el conde Rostopchin había elaborado un plan en colaboración con el superintendente de la policía Moscovita Voronenko. Identificaron los mejores puntos para incendiar su ciudad, que estaba construida casi íntegramente de madera, y que tras un caluroso y seco verano, ardería fácilmente. Reclutaron a convictos, y a cambio de su libertad les proveyeron de detonadores inflamables y los colocaron en edificios cuidadosamente seleccionados.



Con la ciudad ardiendo por los cuatro costados, los soldados franceses perdieron su disciplina y comenzaron el saqueo con la excusa de que no era tal, pues todo se iba a quemar. Incluso oficiales y generales se apuntaron.

Tres días después las dos terceras partes de Moscú estaban arrasadas, mas de 6000 viviendas, cientos de tiendas y almacenes, iglesias, universidades y bibliotecas fueron pasto de la destrucción, sólo el Kremlin se salvó por un casual cambio de viento.
La situación para Napoleón era terrible. En medio de Rusia, con su ejército sin suministros y sin posibilidad de abrigarse del cercano invierno ruso, el 19 de de octubre ordenó la retirada, con las funestas consecuencias que todos conocemos, sólo el 20% de su ejército sobrevivió.

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Biblioteca Nacional: El incendio que no debería repetirse
La noche del 9 al 10 de mayo de 1943 fue la más oscura para la Biblioteca Nacional, en el centro de Lima.



La cultura de un pueblo reposa en sus creaciones, las que permanecen vivas en las páginas de sus libros. Hojear un libro es caminar, experimentar la vida de otros, alimentarse de experiencias y pensamientos. Cuando el fuego consume una biblioteca no hablamos de la simple evaporación de celulosa, lo que sucede es la pérdida irreparable de la obra de los hombres, de sus ideales y sus historias. Se va la memoria de una sociedad. La noche del 9 al 10 de mayo de 1943 fue la más oscura para nuestro valioso acervo cultural, pues un incendio se desató en la Biblioteca Nacional, en el centro de Lima.
El primero en dar la alarma fue el guardia de servicio Valeriano Grados. Cuando llegaron los bomberos las llamas tenían ya proporciones preocupantes. Las compañías France No 2, Grau de Barranco y Olaya de Chorrillos entraron en combate contra deflagración en medio de la madrugada.

Los bomberos pudieron liberar del fuego al Archivo Nacional, pero los ambientes del Instituto Histórico y la Sociedad Geográfica se habían convertido en una hoguera. Las tres entidades funcionaban en el mismo local de la biblioteca. Las principales mangueras fueron ubicadas en el patio central, donde la situación era crítica.

Al amanecer el siniestro parecía controlado, hasta que un monaguillo alertó que las llamas se acercaban a la Iglesia de San Pedro. A esas horas los salones América y Europa del principal centro bibliográfico del Perú habían desaparecido. A las diez y quince de la mañana finalmente se derrumba parte del edificio de la Sociedad Geográfica, que estaba en la parte alta del local.

Extinguidas las lenguas de fuego solo las oficinas de la dirección habían sido salvadas del siniestro, lográndose rescatar algunos documentos que se guardaban allí por su especial valor histórico. En sus paredes yacían los retratos de Ricardo Palma –obra del pintor Teófilo Castillo-, el gran restaurador de la biblioteca, y Don Francisco de Paula González Vigil, su primer director.

El director de la biblioteca, Carlos Romero, fue alertado de la situación a las dos de la madrugada. Impotente ante el desolador panorama comentó que se habían perdido más de cien mil volúmenes empastados y cuarenta mil manuscritos, entre ellos la colección del Mercurio Peruano y la Geografía de Juan Glave, una de las pocas que existían en el mundo. Las colecciones de periódicos se consumieron en su totalidad, aunque se salvaron la enciclopedia británica, italiana, francesa y española, explicó el director a los periodistas.

En los días siguientes empleados y funcionarios recorrieron los escombros del siniestrado lugar tratando de rescatar de entre las cenizas libros y documentos, como quien busca sobrevivientes luego de una batalla.

Muestras de apoyo

El día martes el director informó la existencia un seguro con la compañía Rímac por cien mil soles. Asimismo, Librerías Unidas había donado dos mil soles para la compra de libros y la Asociación de Artistas Aficionados ofreció ayudar mediante funciones, colectas y donaciones.

La embajada boliviana comprometió su ayuda ante la desgracia. Los gobiernos de Estados Unidos, Colombia y Venezuela también mostraron su pesar. Asimismo, la International Petroleum y la Librería Internacional del Perú donaron dinero. Y la Asociación Médica Peruana Daniel Alcides Carrión prefirió entregar libros.

En días posteriores Romero señaló con algún alivio que se habían salvado los cinco primeros libros editados en Lima por las prensas de Antonio Ricardo, entre ellas la “Doctrina christiana” de 1584, que es el primer libro impreso en toda la América del Sur. En diciembre del 2011 este ejemplar fue parte de los valiosos incunables presentados por Perú ante la Unesco, para formar parte de su programa Memoria del Mundo.

La titánica tarea de reconstrucción recayó en Jorge Basadre, nombrado por el presidente Manuel Prado. Pero el ilustre historiador no se limitó a levantar la nueva Biblioteca Nacional, sino que además se preocupó de la formación técnica del personal. Y hasta llegó a crear la Escuela Nacional de Bibliotecarios en 1944.

Evitando nuevas tragedias

Ahora la tecnología pone al servicio de los bibliotecólogos muchas herramientas para salvaguardar la información de las colecciones bibliográficas de archivos y centros de documentación. Desde modernas técnicas de recuperación y restauración hasta la utilización de los servicios de digitalización, que permiten conservar en un una “bóveda virtual” el contenido de los libros y documentos, pero también difundirlos a través de la red.

La desaparición física de libros, cartografía y fotos que se albergan en una biblioteca siempre será una tragedia, pero tomar medidas de protección oportunas atenuará la pérdida del conocimiento albergado en estos documentos.

La moderna Biblioteca Nacional del Perú

Actualmente la Biblioteca Nacional del Perú (BNP) cuenta con una Biblioteca Virtual, que gestiona acciones, programas y proyectos de digitalización y difusión electrónica del patrimonio documental y bibliográfico. Además, cuenta con equipos especializados en capturar imágenes de diversas dimensiones, provenientes de libros, periódicos, mapas, fotos, etc. Luego edita las imágenes escaneadas, realizando un riguroso control de calidad para preservar la veracidad del material digitalizado, obteniendo así un producto final en formatos pdf, doc, tif y jpg.

Aunque existe un proceso de inventariado por culminar, se calcula que la colección total de volúmenes en custodia de la BNP es alrededor de 7 millones.

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La noche en que las llamas devoraron la Aduana



En la madrugada del 25 al 26 de abril de 1922 se desencadenó una de las peores tragedias que se recuerdan en la Málaga del siglo XX: el fuego arrasó las buhardillas del edificio, dejando 28 muertos y familias enteras desaparecidas. La historia cumple 95 años, pero muchos aún no la han olvidado

La madrugada aquélla en la que las campanas de la Catedral doblaron para despertar a los malagueños pocos imaginaban la escena que estaba a punto de descubrirse ante sus ojos. Ni siquiera los vecinos del centro, incluso de los barrios más cercanos, que habían visto durante toda la noche cómo el fuego devoraba la cubierta y la parte superior de la cercana Aduana, fueron conscientes de la magnitud de la tragedia hasta que no se acercaron a verlo por sí mismos. Porque la noche del 25 al 26 de abril de 1922 quedará escrita en la historia de la ciudad como una de las más trágicas del siglo XX en Málaga. Qué es si no que 28 personas murieran en ese incendio y que las llamas se tragaran de un plumazo a familias enteras, incapaces de escapar de la zona de las buhardillas, construidas en madera y convertidas en auténticas ratoneras.

De aquel episodio negro acaban de cumplirse 95 años, pero aún son muchos malagueños que han escuchado cómo en sus casas se contaba la historia de aquella noche en la Aduana. Los que la vivieron en primera persona probablemente no la habrán olvidado nunca, bien porque se echaron a la calle a ayudar con los pocos medios que tenían a su alcance o bien porque fueron testigos de cómo las víctimas, convencidas de que no tenían escapatoria, se arrojaban por las ventanas del edificio que hoy, con el paso de los años, se ha convertido en una de las joyas de la corona de la nueva Málaga cultural.
cias/


Estado en el que quedó el edificio tras el fuego

Porque la Aduana ha tenido varios usos antes de ser celebrada como museo: inaugurada en 1829, su primer destino fue el de una fábrica de tabaco y diez años después cambió de uso para albergar primero las dependencias de la Hacienda Pública y sumar después las oficinas de la Diputación Provincial y del Gobierno Civil, además de la Comandancia de Carabineros. De hecho, el edificio albergaba numerosas dependencias administrativas cuando se desencadenó el incendio que no sólo conmocionó a la ciudad, sino que fue noticia en el resto del país; y sus buhardillas estaban destinadas a las familias de los funcionarios que prestaban sus servicios en el imponente edificio. Era el caso de los porteros, de los guardias civiles o de los empleados públicos de rangos intermedios, que tenían habilitada la parte superior de la Aduana; mientras que los superiores como el Gobernador Civil o el delegado de Hacienda vivían directamente en la parte noble de este enclave que también se conoce en la ciudad como Palacio de la Aduana. Estas últimas viviendas estaban autorizadas y tenían condiciones de habitabilidad, pero la zona de las buhardillas no estaban sujetas al mismo control e incluso muchos achacan a esa falta de mantenimiento la rápida propagación de las llamas: tal y como se recoge en el escrito que firma Manuela Fernández Escorial, del Archivo Histórico Provincial de Málaga, en un libro publicado por la Junta de Andalucía sobre el Gobierno Civil, la planta de la buhardilla “se encontraba dividida en numerosas habitaciones separadas por tabiques, en algunas ocasiones de lona. Estas residencias estaban ocupadas de manera casi encubierta por los funcionarios de las diferentes administraciones (…). También improvisaban cocinas sin la suficiente evacuación de humos, incluso las conexiones de electricidad estaban hechas de manera fraudulenta”.

Más vecinos de la cuenta

Estas circunstancias, unidas al hecho de que esas habitaciones albergaban a muchas más personas de las que oficialmente figuraban como vecinos (alrededor de unos 70) y a que el fuego se inició junto al ángulo de la única escalera que bajaba de la buhardilla terminó de perfilar todos los ángulos de la tragedia. Aunque el origen del devastador fuego sigue siendo una incógnita -algunos apuntaban a que pudo estar en la vivienda 9, ocupada por un subalterno de la delegación de Hacienda cuya familia sí se salvó- todas las crónicas de la época coinciden en señalar que las llaman comenzaron a devorarlo todo a una velocidad vertiginosa en torno a la una de la mañana. A esa hora la mayoría de los que habitaban esta zona dormían, pero rápidamente se desató el pánico entre los que intentaron buscar vías de escape. Según recoge el periódico 'ABC' en su crónica del 28 de abril de 1922, el número “aterrador” de víctimas no sólo sumó a las que murieron carbonizadas o por el derrumbamiento del techo, sino a las que se arrojaron por las ventanas viendo ahí la única salida: “El pánico nació de la creencia general entre los vecinos de las buhardillas de que el fuego venía de abajo, de los almacenes de la Aduana. Esto hizo que todos huyeran de asomarse al patio y se dirigieran a los ventanucos que dan a las calles que rodean el edificio, cuya altura es enorme, quedando allí aprisionados por el fuego y carbonizados los que en su terror no se arrojaron a la calle (…). En los momentos de mayor angustia, un portero gritaba : “¡Por aquí podemos salvarnos!”, pero no le oyeron los compañeros aterrados (...)”






Fotografía superior: Sepelio por las 28 victimas de la Aduana en el Cementerio de San Miguel. Abajo, foto izquierda: Narciso Briales, alcalde de Málaga. Abajo, foto derecha: Portada de la Unión Mercantil, donde se recogía el suceso. / Fuente foto superior: Cementerio de San Miguel | Resto de fotos: SUR

La dantesca escena también queda recogida en las páginas del diario 'La Unión Mercantil' que se hacía eco de la tragedia: “Horrible catástrofe del siniestro más espantoso que conmueve en estos momentos Málaga entera, cuya visión pesa tanto en el ánimo del reportero hasta el punto de impedirle coordinar ideas (…). Comienzan a aparecer cadáveres carbonizados, así como los que se arrojan por las ventanas huyendo del fuego”. A las llamas se unieron además una serie de explosiones ocasionadas por las municiones que se encontraban en la Comandancia de Carabineros y que también desataron el pánico entre las personas que intentaban ayudar desde fuera.

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Los supervivientes, “enloquecidos”

El resultado: 28 muertos, entre ellos familias enteras. Fue el caso de Andrés Arce, portero de la Diputación, que falleció junto con su esposa Ana, sus seis hijos, su cuñada y la hija de ésta; o de Diego Peña, portero de Hacienda, que cayó víctima del fuego con su mujer Isabel y sus tres hijos. Las crónicas de los diarios de la época se llenaron los días siguientes de los testimonios de los supervivientes, muchos de ellos “enloquecidos” por la experiencia; o de aquéllas que recogieron los entierros de las víctimas. Los sepelios tuvieron lugar en el Cementerio de San Miguel, que concentró a miles de malagueños que quisieron despedirse de sus vecinos. Tal y como recoge la página web del camposanto en el relato de aquella jornada de luto, “los cadáveres, que estaban el depósito judicial, fueron trasladados al cementerio en una impresionante manifestación de duelo. En la puerta la policía tuvo que poner orden porque era imposible el acceso de los féretros. Para dar sepultura a las víctimas se abrieron 30 zanjas en el patio de San Gregorio”.


Monumento a las victimas del incendio de la Aduana (1922) (Francisco Palma Garcia). / Fuente Cementerio Histórico San Miguel


Tiempo después, el escultor Francisco Palma García recibió el encargo de hacer un boceto para levantar un 'Monumento a las víctimas del incendio de la Aduana', aunque la idea se ejecutó y quedó en el olvido. No así la indignación de los malagueños, que rápidamente culparon a las autoridades de la época de la tragedia por su falta de previsión y por una asombrosa escasez de medios. De hecho, desde las páginas de 'La Unión Mercantil' se denunció la “incapacidad de los bomberos”, cuyo parque se ubicaba a apenas cien metros de la Aduana pero que no fue todo lo eficaz que la situación exigía porque las bombas no arrojaban el agua suficiente, las mangueras estaban picadas y las escalas no se desplegaban. De hecho, el incendio tardó en extinguirse.

La indignación de la ciudad

En medio de la conmoción generalizada, y de los pésames y manifestaciones de dolor que llegaban de todos los rincones -caso de Ortega y Gasset o de la princesa de Kapurthala, Anita Delgado, desde París- el alcalde de la ciudad, Narciso Briales Franquelo, no sólo tuvo que enviar un telegrama a los medios defendiéndose de las acusaciones –“Este Ayuntamiento, condolido, ruega a la prensa abra un compás de espera para demostrar plenamente su irresponsabilidad en la magnitud de la catástrofe”, rezaba el escrito- sino que convocó un pleno municipal para adoptar medidas urgentes y así calmar los ánimos de la población. Los acuerdos, además de una investigación sobre la tragedia, incluían también el pago de los enterramientos de las víctimas, la apertura de una suscripción pública para ayudar a las familias afectadas y la promesa de un presupuesto extraordinario para mejorar las condiciones de los bomberos de la ciudad.

La reconstrucción de la Aduana se iniciaría poco después con la certeza de que el coste económico y humano para lograrlo iba a ser enorme y de que el edificio quedaría marcado para siempre por aquella tragedia. Y aunque el paso de los años ha terminado por mitigar el dolor de aquellos días, en el Palacio de la Aduana de hoy, reconvertido en museo, queda la huella del imponente cuadro '¡Y tenía corazón!', de Simonet, como metáfora (quizás) de ese otro corazón del edificio que paró de latir para siempre en la madrugada del 26 de abril de 1922.

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A 69 años del incendio de Palacio de Gobierno


Un día como hoy, pero de 1948, se registró un suceso que conmocionó a la población de Hermosillo, Sonora, en aquel entonces, la torre del Palacio de Gobierno Estatal se incendió completamente y casi se pierde el edificio, ahora histórico.

Alma Angelina Gutiérrez Millán, coordinadora de las visitas diarias en el interior de Palacio Estatal, relató que en 1881 se inició la construcción del inmueble cuando era gobernador Carlos Rodrigo Ortiz, quien quería que ese espacio estuviera destinado para ser el Instituto de Estudios Superiores Científicos y Literarios del Estado.

Fue 25 años después, es decir en 1906, cuando se concluyó la edificación del inmueble con la instalación de la torre del reloj; en dicho año el mandatario sonorense, general Luis Emeterio Torres, decide que ese espacio albergara los poderes del Estado.

“Se está quemando el Palacio”

La mayor intervención arquitectónica que se ha realizado en Palacio desde su construcción fue la que se llevó a cabo hace 69 años después, cuando se registró un incendio que acabó con la torre del edificio.

El incendio empezó a 250 metros, en la esquina de las calles Doctor Paliza y Galeana.

“En ese lugar estaba el Chalet Salido, le decían chalet porque la construcción era una semejanza de los chalets suizos y Salido por el apellido del arquitecto que lo construyó, era una casa de huéspedes donde se alojaba un fotógrafo”, explicó Alma Angelina Gutiérrez.



Algunos documentos nombran al fotógrafo como Antonio Méndez y otros como Antonio López, señaló.

Fue alrededor de las 17:00 horas, cuando el hombre se encontraba revelando unas imágenes en su habitación, donde tenía su material y químicos de trabajo.

El fotógrafo estaba fumando un cigarrillo mientras hacía su labor, pero sin percatarse empezaron a incendiarse sus imágenes y las sustancias inflamables que utilizaba para el revelado de las imágenes.

“La gente se arremolino allá, era 1948 no había gran número de población en Hermosillo, además más o menos a esa hora estaban saliendo las personas que trabajaban en Palacio de Gobierno y se fueron corriendo”, platicó.

En el momento en que los ciudadanos se dirigían al incendio del Chalet Salido, algunos voltearon hacia atrás y alguien gritó ¡Se está quemando el Palacio de Gobierno!

El incendio se propagó al edificio de gobierno debido a que los vientos de junio llevaron flotando hasta la torre del reloj una bola de fuego.

En ese entonces, la infraestructura que mantenía al reloj era de madera, por ello inmediatamente la torre comenzó a incendiarse, incluso abarcó tres cuartas partes del inmueble, sobre todo la parte superior donde estaba la oficina del Gobernador.

Sin bomberos

En ese momento, no se encontraba en la ciudad el gobernador en turno, el licenciado Horacio Sobarzo Díaz, quien al enterarse del hecho pide auxilio a los “traga humos” de Nogales, ya que en Hermosillo todavía no estaba bien instituido el cuerpo de bomberos.

Mientras se desarrollaba el incendio los trabajadores del recinto gubernamental decidieron arrojar por las ventanas los objetos y documentos más valiosos, incluso las dos estatuas de los generales Jesús García Morales e Ignacio Pesqueira, las cuales aún se conservan en el interior de Palacio.

Además, la población optó por colaborar sofocando las llamas con cubetas con agua y con las pipas que se encargaban de regar las calles de la ciudad, debido a que en ese momento sólo había una vialidad pavimentada.

“Una de las partes más afectadas por el incendio fue la propia oficina del Gobernador, en esos años estaba del lado Norte, del lado contrario de donde hoy está la oficina de la Gobernadora”, añadió la promotora cultural.

Debido a que su oficina sufrió varios daños, el mandatario sonorense solicitó prestado un espacio en el Ayuntamiento; razón por la que se construye el conocido puente que une a los dos inmuebles que albergan al Gobierno estatal y municipal, a fin de que hubiera comunicación entre el Mandatario estatal y su gabinete que se quedó laborando en Palacio de Gobierno.

Apoyo de Nogales

La Sociedad Sonorense de Historia (SSH) informó que la bombera que provenía de Nogales para erradicar el fuego tuvo problemas técnicos en el municipio de Benjamín Hill, por lo cual llegó a Hermosillo durante las primeras horas del 12 de junio apagando el poco fuego que quedaba alrededor de las tres de la mañana.

Destacó que en ese evento Roberto E. Romero, presidente municipal, y el señor Sánchez, jefe de la Policía Judicial del Estado, colaboraron eficazmente con el Ejército de la IV Zona Militar para sofocar el incendio y para evitar un posible pillaje.

Después del siniestro, la torre del reloj fue reconstruida gracias a la sociedad, así como a la tesorería estatal, quienes realizaron aportaciones para su edificación, estructura que ahora es parte esencial del Palacio de Gobierno y que está hecha de concreto.

Al día siguiente del incendio, el Gobierno del Estado publicó el siguiente:

CUADRO DE HONOR.


La ejemplar actitud, digna de mayor encomio, de los señores John Hale Milton, Raúl Piña Villa, Fermín Zepeda, José Luís Rentería, profesor Alfredo Eguiarte, profesor Eduardo Reyes Díaz, profesor Rodolfo Velásquez Grijalva, Rafael J. Rodríguez, Leonardo Jáquez, Roberto Hoeffer, Luis Hoeffer, Roberto Rodríguez Jr., Rusdibaldo Gil Samaniego, Hercot Loustaunau Ayón y Manuel Otero, que con tanto desinterés y espontaneidad prestaron valiosísimos servicios al Gobierno del Estado en las urgentes maniobras de salvamento del Palacio en el incendio ocurrido ayer en el propio edificio, obligan al suscrito a expresar públicamente su profundo agradecimiento a dichas personas: lamentando no mencionar a los nombres de otros que con igual sentido de solidaridad contribuyeron con sus esfuerzos al mismo objetivo, siendo por tanto todos acreedores al reconocimiento del Ejecutivo a mi cargo por su nombre y meritoria actitud.


Hermosillo, Sonora, a 12 de junio de 1948.

DATOS

El incendio se registró alrededor de las 17:00 horas del 11 de junio de 1948, los bomberos de Nogales apagaron el poco fuego que quedaba a las 3:00 horas del 12 de junio.

En el momento del incendio el gobernador, el licenciado Horacio Sobarzo Díaz, se encontraba en la ciudad de Nogales, al enterarse del suceso emprende el viaje a Hermosillo en su carro.

El incendio comenzó a 250 metros del Palacio de Gobierno, aproximadamente en el cruce de las calles Doctor Paliza y Galeana, en la casa de huéspedes Chalet Salido.

La torre original del reloj estaba hecha de madera y era más alta a comparación de la actual.

Durante el suceso personal del Palacio arrojó por las ventanas del segundo piso documentos y máquinas de escribir, incluso dos estatuas de bronce que aún se conservan en el interior del inmueble y que fueron restauradas tras los golpes de la caída.

El puente que une al Palacio de Gobierno estatal con el Municipal se construyó después de que la oficina del Gobernador se incendiara y solicitara una oficina en el Ayuntamiento, así los empleados del Estado podrían ir a dejar documentos al mandatario sonorense.

https://www.elsoldehermosillo.com.mx
 

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El incendio y hundimiento del pesquero Moraleda



Hace 25 años, el lunes 1 de junio de 1992, un voraz incendio afectó al pesquero Moraleda en las cercanías del Cabo de Hornos, lo que provocó su posterior hundimiento.

El buque factoría de la empresa Pesca Chile se incendió cuando se encontraba en las cercanías del Cabo de Hornos, había capturado bacalao y se aprestaba a regresar a Punta Arenas con alrededor de 350 toneladas de ese recurso marino, que con sus procesamiento marcarían el reinicio de las operaciones de la planta que Pesca Chile tenía en Punta Arenas.

El entonces gobernador marítimo de Punta Arenas, capitán de fragata César Moreno, indicó que a las 8,58 horas la radioestación marítima recibió un llamado de emergencia emitido por el buque factoría Moraleda, de bandera chilena, informando que estaba siendo afectado por un incendio a bordo en los instantes que navegaba en la latitud 56 grados 10 minutos sur y longitud 66 grados 11 minutos oeste, área de Cabo de Hornos.

De inmediato la autoridad marítima activó el centro coordinador de Búsqueda y Rescate Marítimo, disponiendo que las naves Jing Jang I, María Tamara y Mar Azul XIV, todas de pabellón chileno y que se encontraban próximas al área del buque siniestrado, concurrieran de inmediato en auxilio de la tripulación.

El Jing Jang I recaló al costado de la nave a las 11,30 horas, procediendo al rescate de los 42 tripulantes, ya que por las características del siniestro, totalmente incontrolable, la tripulación debió abandonar la nave usando balsas salvavidas y permaneciendo sólo a bordo el capitán y el piloto de la nave.

Armada envía una nave al rescate

El pesquero Moraleda tenía 753 toneladas de registro grueso y una eslora o largo de 54,4 metros. La tripulación estaba integrada por 27 chilenos, 13 españoles y en este viaje iban también dos funcionarios del Instituto de Fomento Pesquero.

La nave había zarpado el 4 de mayo de Punta Arenas a la zona de pesca en el área del Cabo de Hornos, al mando del capitán chileno Félix Vásquez Godoy.

Además, la comandancia en jefe de la Tercera Zona Naval dispuso el zarpe de un patrullero desde Puerto Williams con el fin de prestar apoyo en la evacuación.

El capitán del buque factoría Jing Jang fue designado por la autoridad marítima como coordinador de la búsqueda de superficie en el área.

Se aprestaba a regresar a la zona

El pesquero Moraleda había terminado su faena de pesca y se aprestaba a retornar a Punta Arenas cargado de bacalao.

El gerente de Pesca Chile en Punta Arenas, John Liscombe, dijo que las 17 horas el buque todavía estaba envuelto en llamas y que se esperaba que el fuego se sofocara por sí solo. En tanto, la tripulación fue evacuada y todos se encontraban en buenas condiciones a bordo del pesquero Jing Jang I, que navegaba en demanda de Puerto Williams donde dejaría los náufragos.

En esa ocasión, por fortuna, ninguno de los tripulantes sufrió lesión alguna en la evacuación o por efectos del incendio y el último en abandonar el buque fue el capitán Félix Vásquez.

El Moraleda mientras tanto seguía quemándose a unas 40 millas al sur oeste del Cabo de Hornos y a su lado estaba el pesquero Faro de Hércules, de bandera argentina, perteneciente a una empresa filial de Pesca Chile.

Posteriormente los tripulantes náufragos fueron trasladados vía aérea a Punta Arenas.

Las pérdidas por el hundimiento del buque ascendieron a unos 8 millones de dólares (unos 2.500 millones de pesos de esa fecha), considerando las 350 toneladas de bacalao y los equipos con que contaba la nave.

Fuego habría comenzado por trabajos de soldadura

Consultado el gerente de Pesca Chile, John Liscombe, si la causa del incendio se debió a un cortocircuito o falla en otro sistema del pesquero, dijo que se había escuchado, pero que no era oficial, que al parecer, sin tomar las precauciones del caso, se habrían hecho trabajos de soldadura. Ello se habría efectuado en la zona de popa, donde se larga el material de pesca.

Horas de angustia vivieron los náufragos

En tanto, los tripulantes del pesquero Moraleda vivieron dramáticas horas de angustia en las balsas salvavidas mientras esperaban la llegada del barco que finalmente les prestó auxilio. Muchos de ellos salvaron escasas pertenencias en medio de la emergencia. Algunos vestían botas y pantalones ajenos, por lo que la empresa más tarde adquirió vestuario para superar esta situación.

Estaba planificado que el buque Faro de Hércules remolcara al Moraleda hasta Puerto Williams, pero el mal tiempo y la aparición de fuertes rachas de viento avivaron las llamas, que envolvieron la nave hasta que escoró hacia su lado derecho y en treinta minutos se hundió.

Finalmente, el Moraleda desapareció bajo las aguas seis días después del siniestro, a las 18,25 horas del domingo, quedando sumergido a unos 1.500 metros de profundidad, sin existir peligro de derrame de hidrocarburos.


Juan Portilla, técnico del Ifop, uno de los tripulantes del Moraleda



Grupo de náufragos del buque factoría al llegar a Punta Arenas en un avión Dap, donde fueron recibidos por los ejecutivos de Pesca Chile.



El mapa muestra el lugar donde ocurrió el incendio y hundimiento del pesquero.



Dramática fotografía que muestra uno de los náufragos y al fondo el pesquero incendiándose.


http://laprensaaustral.cl
 

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¡Ardieron los Tribunales!



Así titulaba en la primera página nuestro Diario, para dar a conocer los efectos del violento incendio que se declaró a las 3.40 de la madrugada del 3 de diciembre de 1990 y que redujo a cenizas y escombros el centenario edificio en que funcionaban los Tribunales de Justicia, la Corporación de Asistencia Judicial, la Biblioteca Pública y otros servicios, frente a la Plaza de Armas.

Debido a la inusitada rapidez con la cual se propagó el fuego- dada la facilidad de combustión de su material- con madera antigua, muebles y gran cantidad de documentación y libros de los tres Juzgados, además del contenido de la Biblioteca Pública, la tenaz acción de los voluntarios no pudo extinguir las llamas que se divisaban desde todos los rincones de la ciudad.

Durante varias horas, voluntarios de las Compañías de Bomberos de Linares, Longaví, Yerbas Buenas, Colbún, Parral, San Javier y Talca, lucharon contra las llamas, las que sólo fueron controladas cerca de las 7 de la mañana, quedando solamente la labor de extinción de focos que aparecieron en todos lados.

Miles de personas llegaron hasta la Plaza para presenciar la magnitud del siniestro.

MINISTRO EN VISITA

El gobernador provincial de Linares, Manuel Francisco Mesa Seco, no descartó la posibilidad que la Corte de Apelaciones de Talca designara un Ministro en Visita para investigar el siniestro, por considerar “muy raro que se haya producido un incendio 48 horas después que se había cerrado”. Tampoco descartó que el incendio haya sido producto de un atentado.

¿INTENCIONAL?

Terminada la labor de remoción de escombros por parte de peritos del Laboratorio de Criminalística de Investigaciones, para determinar las causas que originaron el incendio del edificio de los Tribunales de Linares, trascendió el 6 de diciembre que había sido descartada la hipótesis de que haya sido un cortocircuito la causa del fuego, por lo que se deducía que habría terceras personas involucradas en el hecho.

QUERELLA CRIMINAL

Los abogados Carlos Hormazábal y Heraclio Rojas presentaron el 7 de diciembre una querella criminal en el Tercer Juzgado en contra de quienes resultaren responsables del incendio.

Los profesionales entregaban antecedentes de presuntos involucrados en el siniestro, señalando que una o varias personas habrían ingresado el día domingo por una ventana que daba al sur oriente del inmueble, para sustraer expedientes de juicios a personas.

http://www.diarioelheraldo.cl
 

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El día que Telefe ardió (y cómo renació)
Hace 25 años, un enorme incendio puso a prueba al canal que lideraba el rating. Evacuación improvisada, estrellas en la calle y oficinas en los bares.



Durante el invierno del 92, Telefe incluía en sus tandas un separador donde las clásicas bolas de su logo aparecían envueltas en llamas. Eran unas llamas de hogar a leño, de las que abrigan, con reminiscencias familiares, ideales para el espíritu del canal. Antes de que terminara ese mismo invierno, Telefe se enfrentó con otra clase de fuego y sobrevivió casi de milagro.


El logo de Telefe, en llamas. (Imagen de TV)

Temperaturas de 200 grados, equipos licuados “como chocolate”, departamentos enteros funcionando en pizzerías y bares cercanos y cientos de horas de archivo televisivo destruidas. Hace hoy 25 años, Telefe ardió, literalmente, en la cúspide del rating.

Todo comenzó a las 7 de la mañana en el viejo edificio de Pavón y Matheu, en el barrio de San Cristóbal. El primer indicio del fuego fue percibido por operarios que empezaban a armar los decorados para la grabación de El gordo y el flaco y La estación de Landriscina, dos programas sin demasiada gravitación en una programación que estaba a tope. Los empleados vieron humo en la planta baja y comenzaron a indagar de dónde venía. Al llegar al primer subsuelo se encontraron con las llamas. En un primer momento, intentaron apagar el foco inicial con baldes de agua: cuatro sufrieron principio de asfixia. Y las llamas ocuparon todo el depósito, de 35 metros por 40.


El humo, principal problema.

En ese subsuelo se guardaban elementos de utilería, altamente combustibles, por lo que el fuego no tardó en expandirse. Con una reacción rápida, se evitó una tragedia: en el segundo subsuelo había periodistas y técnicos del noticiero que pudieron escapar a tiempo.

En minutos, se fueron sumando dotaciones de bomberos de la Policía Federal hasta sumar cerca de 80 efectivos entrando por turnos a combatir el fuego. El humo fue la principal y mayor dificultad. A media tarde, los bomberos decidieron taladrar el piso del estudio mayor, donde se transmitía en vivo Ritmo de la Noche y se grababan Jugate Conmigo y el programa de Xuxa, para poder ingresar las mangueras y rociar los pisos inferiores. El problema adicional fue que al hacer esto quebraron el piso e inundaron su control técnico.


La mudanza de los decorados

Mientras tanto, en la vereda del canal, el entonces gerente de Programación de Telefe, Gustavo Yankelevich, comandaba su propio Dunkerque, ordenando la evacuación de todo el material en condiciones. Los conductores y sus equipos de producción rescataban lo que podían. Fernando Bravo, que en ese entonces conducía con Teté Coustarot Siglo XX Cambalache, era de los más afligidos. Por ahí andaban también Cris Morena, preocupada por el decorado nuevo de Jugate Conmigo, y los integrantes deRitmo de la Noche y Videomatch sacando videocasetes.


Todos en la calle.

“Teníamos grabada una semana de Jugate Conmigo y logramos tirar los rollos por la ventana”, decía Cris Morena aliviada. Leonardo Greco calculaba que El mundo de Disney tenía margen para salir hasta octubre, pero que había que crear una escenografía de cero después. Arturo Puig descansaba en el fabuloso rating de Grande Pa: “Lo mío no es dramático. Si no se da abasto podremos mandar algún capítulo repetido”. Patricia Miccio tranquilizaba a las amas de casa que seguían fielmenteUtilísima: “Nosotros grabamos en los estudios San Telmo”.



La mudanza al acecho de las llamas fue gigantesca: cajas y cajas de casetes, booms de sonido, computadoras y pedazos de decorado emprendían un viaje improvisado hacia los estudios de Buenos Aires TV Color, en Parque Patricios, que se convirtió en el salvataje de la programación en vivo. Allí se emitía solamenteHola Susana. Telefe no dejó nunca de emitir en esas horas aciagas.

En ese contexto afloró la solidaridad entre competidores acérrimos. Canal 13 transmitió la imagen satelital de Telefe. Y ATC, ATV y canal 8 de Mar del Plata prestaron equipos móviles con microondas para poder enlazar con los improvisados estudios.



Esa noche, producto del desorden, Susana Giménez salió con un traje negro... de su guardarropas. “Lo usé sólo una vez”, se excusó. Y abrió su programa que una frase que se escuchó mucho en esos días: “El espectáculo debe continuar”.

Los bomberos tardaron casi un día en sofocar el incendio, algo que se recién se logró a las 4 de la mañana del sábado 19.

Para ese entonces, con oficinas en los bares y la programación reacomodada, el canal había dado muestras de la gimnasia y el músculo que el medio tenía para trabajar en la improvisación y en situaciones límite.



Durante horas, la gerencia comercial del canal funcionó en la pizzería Venaro, en Pavón y Matheu. Y el departamento de operaciones hizo su búnker en la confitería Top Secret, de Pavón y Alberti.

Ritmo de la Noche, por ejemplo, debió emitirse desde un gimnasio de la Secretaría de Deportes y pudo contener a los fanáticos del grupo estrella de ese domingo, Loco Mía. Su archirrival, Mario Pergolini, presentaba a los Ramones en Hacelo por mí.

Esas eran grietas.



Finalmente, y al margen de los equipos, que estaban asegurados, la pérdida fue de sólo el 25 por ciento del archivo fílmico, tanto del canal como de los valiosísimos materiales que usaba el programa Siglo XX Cambalache. De lo más preciado, material del viejo Reporter Esso y de la etapa posterior de Teleonce informa. Por las dudas, el separador de las acogedoras llamas fue archivado hasta nuevo aviso.

https://www.clarin.com/especiales/dia-telefe-ardio-renacio_0_SkYbCfa5W.html
 

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El gran incendio de Temuco

Mi ya desaparecido padre (1927-2009) me relató, ya hacen más de veinte años, una anécdota de su querido tío Domingo Aguilera Lagos, quien a inicios de los años 1900 residía en las cercanías del poblado de Gorbea. Domingo Aguilera era un hombre de trato agradable a quien le gustaba la música, por lo que era siempre invitado a las fiestas y reuniones, pues también poseía un artilugio llamado "Fonógrafo Edison", con música "envasada" en cilindros. Al parecer las muchas oportunidades en que se hizo sonar la alegre música provocó que el artefacto se descompusiera, posiblemente por la ruptura de la cuerda de acero. El fonógrafo fue llevado para su reparación hasta una tienda en la capital de La Frontera, pero, lamentablemente, aquel noble aparato sucumbió entre las llamas del gran incendio de Temuco, que comenzó el día sábado 18 de enero de 1908.

Revisando los archivos de la famosa revista semanal chilena "Zig_Zag" (editada en Santiago), hallé en su número 152, de Enero 26 de 1908, la noticia que informaba sobre aquel horrible suceso acaecido en la pujante ciudad sureña. Aparece el plano de aquella época de la ciudad de Temuco, aunque la mayor parte de las manzanas mostradas en él eran aún un proyecto, tal como lo explica la noticia.


Plano de Temuco, en Zig-Zag Nº 152

Transcribo el texto con la información, tal como la divulgó aquel semanario: "La floreciente ciudad de Temuco, de la cual hace algun tiempo dimos una serie de vistas fotográficas interesantísimas, ha estado a punto de ser totalmente destruida por un incendio. El fuego principió en un edificio cercano a la Plaza de Armas e impulsado por un fuente viento del oeste, tomó proporciones tales que llenó a la población de consternacion y espanto. Veintiuna manzanas fueron totalmente reducidas a escombros. Las bombas del pueblo y las que pudieron ir de Concepcion y otras ciudades de la frontera fueron impotentes para contener la impetuosidad de las llamas y se limitaron a defender de su voracidad las casas que servían de márjen a aquel verdadero torrente de fuego.
No ménos de 3.500 personas quedaron sin hogar y en la mas absoluta miseria. Las pérdidas avaluables en dinero pasan de 1.500.000 pesos.
El fuego abarcó una extensión de quince cuadras de largo por ocho de ancho y terminó en la noche despues que hubo consumido todo el combustible que encontró en su derrotero, en el Hotel Leguas por el sur y la Bodega de Mac Kay por el norte."



Información sobre Temuco, Zig-Zag del año 1907

La información continúa: "Contemplando el plano de la ciudad de Temuco, que publicamos en otra pájina, puede comprenderse la verdadera magnitud del incendio. Descartando las manzanas que se hallan mas allá de la línea férrea, de la Avenida de 30 metros (1) y el rincón formado por ámbas que están despobladas, puede decirse que las llamas consumieron la tercera parte de la ciudad.
Es, pues, completamente esplicable la consternacion que se apoderó de los habitantes ante tamaña desgracia y del eco que ella ha tenido en toda la República.
En la noche la ciudad presentaba un aspecto horrible: la vista abarcaba la enorme estension comprendida entre la estacion y la calle Vicuña
(2), y espantaba ver como en quince cuadras ardian siniestramente miles de montones de fuego en medio de los edificios caidos.
Al dia siguiente en la estensa y ancha Avenida abierta por el fuego, veíanse palos carbonizados, una que otra chimenea de cal y ladrillo, troncos de árboles quemados, postes de luz eléctrica carbonizados, máquinas, alambres telefónicos por el suelo, montones de zinc quemados, ruinas, desolacion y por todas partes escombros humeantes.
Desde los primeros momentos del incendio la jente se entregó al pillaje, sin que hubiera la fuerza de policía necesaria para evitarlo. Calcúlase que la tercera parte de la ropa y mobiliario desaparecido es obra de los ladrones. A pretesto de salvamento, la jente llevábase carretonadas y montones enormes de objetos robados. Hubo tambien casos en que personas aseguradas impidieron que por dentro de sus casas se sacaran muebles de sus vecinos no asegurados.
A causa de la caida de los postes desde el primer momento faltó el telégrafo y el teléfono y esparcida esta noticia por la ciudad, contribuyó en no pequeño grado a aumentar el pánico, pues se llegó a creer que en la imposibilidad de poderse comunicar con el norte, de acá no podrían enviársele socorros.
Aprovechando la situación angustiosa en que quedó tanta jente sin hogar, algunos comerciantes poco escrupulosos comenzaron a esplotar el hambre, pidiendo el doble por los artículos de primera necesidad. En esta emerjencia el gobierno impartió instrucciones a los ferrocarriles para movilizar trenes de norte a sur, especiales para los damnificados por el fuego.
En medio de las ruinas se han visto escenas dolorosas. Mujeres pobres llorando al lado de sus pobres viviendas reducidas a cenizas. Segun cálculo aproximado se han quemado 25 a 30 manzanas, en su tercera parte las mas importantes de la ciudad, que con este desastre queda arruinada talvez para no volver a levantarse ántes de diez años. El fuego se ramificó en varios brazos, pues dentro del área quemada han quedado pedazos intactos."



José Luis Granese, investigador de la Universidad Diego Portales, hace años recuperó información desde antiguas ediciones del diario "El Mercurio" de Santiago, la que se plasmó en el reverso de la "Lámina 02 IX región de la Araucanía", de la colección denominada "MEMORIAS DE MI REGIÓN", distribuida junto a ejemplares del Diario El Mercurio:

"Incendio en Temuco
18 de Enero de 1908
"El Mercurio" de Santiago informa que 3.500 personas están sin hogar y de veinticinco a treinta manzanas quemadas.
La ciudad semeja "los campos después del roce ... miles de familias pudientes y pobres han quedado en la miseria..."
El fuego había comenzado en la casa de Simón Burruchaga a medio día en "forma lenta en un montón de tablas". De allí se propagó a la Proveedora del Hogar de Kuznetzoff (3), en Prat esquina Puerto Montt (4), que "ardió como un castillo. Pasó rápido al edificio del frente, ocupado por la imprenta donde iba a fundarse El Sur".
Hubo dos muertos, un soldado al que le cayó un tabique en la estación y la "señora María Isabel Carrasco, que murió a causa de la impresión cuando al llegar a su casa la encontró ardiendo".
El diario destaca los daños al Teatro Pepper (5), el Juzgado, Cuartel de Policía del Orden, Cuartel de Policía de Gendarmería, la Bodega Mackay, Casa Comercial de Mauricio Gleisner, Armería y Ferretería de Bernasconi y el Restorán Italiano. Y las propiedades de Néstor Larenas, Salvador Urrutia, Rodolfo Urízar, Carlos Gajardo, Abraham Leiva, doctor Serrano, Montander, Bautista Merino Cruzat, Pedro Gracey, Andrés Laiseca, doctor Frías, comandante Gacitúa y Rodolfo Ovalle.".



El gran incendio trastornó la vida de la población local, no sólo la afectada por la destrucción de las viviendas o del activo comercio, si no que también la del resto de la población. Aunque fue una gran pérdida de patrimonio, la ciudad renació de sus cenizas, se reedificó y aún siguió su crecimiento, naciendo el sector conocido como "Pueblo Nuevo". Temuco continuó su expansión, ocupando los suelos del valle que se extiende entre las cerranías del Ñielol y el río Cautín.

http://araucaniapatrimonial.blogspot.cl/

 

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Treinta años del legendario incendio que destruyó el centro de Lisboa
El Chiado ardió el 25 de agosto de 1988, por causas nunca aclaradas



Corría la madrugada del 25 de agosto de 1988 cuando el corazón de Lisboa cayó presa de las llamas. Han transcurrido 30 años y las circunstancias continúan sin aclarar, pero el caso es que el céntrico barrio del Chiado ardió por los cuatro costados y desencadenó la segunda catástrofe más mitificada de la capital portuguesa, después del gigantesco terremoto de 1755.

Hoy la zona luce en todo su esplendor, gracias al plan de remodelación diseñado por el arquitecto Álvaro Siza y no queda ni un solo rastro de aquella tragedia que impresionó a los españoles a través de la televisión.

La conexión en directo realizada por TVE dejó muda a la España de Felipe González. Sin palabras, sin aliento, con deseos de apoyar a nuestros vecinos y hermanos portugueses.



Dos muertos (un bombero y un electricista), 42 heridos, ocho hectáreas de viviendas y comercios arrasadas en el camino entre la Baixa y el Barrio Alto, 18 edificios destruidos. Unas 3.000 personas evacuadas, 2.000 empleos que se esfumaron… Todo un desastre que hacía revivir al pueblo luso su destino fatal, salpicado por las nubes negras de los designios insondables y del fado eternamente melancólico.

veloz ante la dimensión del suceso, por lo que solo pasaron tres semanas cuando se adjudicó la reinvención del Chiado a Siza Vieira, que logró su obra cumbre. De hecho, este proyecto resultó determinante para que le concedieran el Premio Pritzker en 1992 y para que naciera su prestigio internacional, como demuestra también su intervención en el madrileño Paseo del Prado.

El libro ‘Chiado al detalle’ documenta los recovecos de la tragedia, como lo hizo igualmente una recordada exposición fotográfica en la Galería Chiado 8. En este 2018 Portugal se ha sobresaltado con una ironía del destino, pues hace tan solo unas semanas que se declaró un incendio en la Rua dos Correeiros, causa de dos muertes. A más de unole vino a la mente la histórica tragedia, que no obstante sirvió como revulsivo para que Lisboa renaciese.

Hoy el Chiado se ha convertido en una de las zonas más caras de la ciudad, junto con Príncipe Real. La capital portuguesa está de moda y las estatuas de Camoes y de Fernando Pessoa continúan siendo testigos de la transmutación en curso.

Nadie imaginaba en 1988 que un día celebridades como Madonna o Monica Bellucci residirían en sus calles. En la Rua das Janelas Verdes una, en la Alfama la otra.

El tranvía no deja de surcar los rincones y las cuestas de esta cuna literaria, retratada en su día por Eça de Queiroz en ‘La capital’ y reciclada en puerto de huida de judíos adinerados hacia América en la época del Holocausto.

https://www.abc.es



 

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El día que las llamas llegaron al cielo

De solo imaginar lo que sucedió aquella jornada del 12 de enero, hace 150 años, los ojos se agrandan, pero lo acontecido traspasa el impulso de una fecha



Las mujeres cargaron a sus niños con lágrimas largas en el rostro por la despedida forzosa; los ancianos olvidaron la gravedad de sus años o dolores y salieron prestos de sus casas; Perucho Figueredo prendió candela a su piano y a sus lujos… las pertenencias de Francisco Vicente Aguilera, el millonario que tantas pruebas de desprendimiento había dado por la Revolución naciente, se convirtieron en cenizas.

¡Qué escenas aquellas en el Bayamo insurrecto! De solo imaginar lo sucedido a partir de la madrugada del 12 de enero de 1869 los ojos se agrandan y la admiración crece. ¿Cuántos sentimientos habrán chocado en los habitantes de esta ciudad cuando se marcharon con muy poco a cuestas, a vivir bajo los árboles, sin otra luz que la independencia?

«La sociedad aquella, hecha a las comodidades del lujo, a las tranquilidades del hogar y a las delicias de la abundancia, consciente del nuevo destino que afrontaba, pero resuelta y serena, trocaba todo por los días sin pan, el peregrinaje a través de los bosques y las noches pasadas a la intemperie, con tal de demostrarle al conquistador intransigente que era más grande, noble y divino el ideal de patria y libertad que fulguraba en sus corazones», escribió conmovido el historiador bayamés José Maceo Verdecia (1891-1939).

Que las cenizas hablen
Aunque parezca una simpleza muchos «forasteros» se encogen de hombros cuando se les pregunta por qué los patriotas quemaron un sitio tan significativo.

A veces, en el recuento histórico, se pasa por alto que Bayamo, primera ciudad tomada por el Ejército Libertador, vivió 83 días —desde el 20 de octubre de 1868 hasta el 11 de enero de 1869— en poder de los insurrectos y por tanto se convirtió en la capital de la Revolución, en una ciudad-nación, con leyes y rutinas diferentes a los demás poblados de Cuba.

De modo que, derrotadas —por diversos factores— las tropas cubanas que pretendían contener el avance de los españoles capitaneados por Blas de Villate, conde de Valmaseda, los líderes bayameses se congregaron en el Ayuntamiento para decidir qué hacer con el lugar donde habían cobrado alas algunos de los más caros sueños de emancipación.

Varios historiadores relatan que, a altas horas de la noche, después de más de una hora de discusión, el joven Joaquín Acosta, gobernador de la ciudad, expresó en la reunión, presidida por Pedro Figueredo Cisneros (Perucho): «Bayameses, ante la desgracia que palpamos y los horrores que se avecinan, solo hay una resolución: ¡Prendámosle fuego al pueblo! ¡Que las cenizas de nuestros hogares le digan al mundo de la firmeza de nuestra resolución de libertarnos de la tiranía de España! ¡Que arda la ciudad antes de someterla de nuevo al yugo del tirano!».

La propuesta ganó aceptación entre los presentes, después se consultaría a Carlos Manuel de Céspedes, quien estaba fuera de la ciudad, al igual que Francisco Vicente Aguilera. Estremecido, el hombre de La Demajagua respondió: «Consulten al pueblo todo que reunirán allá, y si este, con abnegación sublime, lo aprueba, ejecútese esa obra gloriosa, que ha de dar impulso a la revolución y convencimiento a España de que estamos dispuestos a toda prueba por el triunfo de nuestro ideal».

Algunos no estuvieron de acuerdo, pero la resolución de la mayoría, de hombres y mujeres, como sentencia el prestigioso académico Eduardo Torres Cuevas, fue participar en aquella pira que a la postre devendría símbolo.

Hasta las nubes
Ahora, 150 años después, parece difícil calcular las dimensiones de aquel fuego. Lo cierto es que se redujeron a cenizas casi todos los templos (por entonces 14). Quedó devorada casi toda la papelería y más del 80 por ciento de las moradas.

Al respecto, la investigadora Idelmis Mari, de la Casa de la Nacionalidad Cubana, sostiene que en 23 calles de Bayamo la combustión arrasó con todos los inmuebles. «Hay un padrón de 1870, un año después del incendio, que localizamos en el Archivo Nacional de Cuba y que nos da la idea exacta de cuánto quedó después del suceso del 12 de enero: reporta solo 160 viviendas en buen estado, el resto de los 1 200 inmuebles existentes fue presa de las llamas y se convirtió en ruinas».

La magnitud de las llamaradas fue tal que el Conde de Valmaseda solo entró tres días después a Bayamo. «Seguimos caminando lentamente, las casas incendiadas; las paredes hundidas y la madera aún humeantes poco menos que nos asfixiaban, caminamos por las brasas sin que se crea hipérbole; algunas veces, les aseguro a ustedes, era menester apartar las vigas y horcones encendidos para poder facilitarnos paso en las calles», escribiría asombrado un uniformado colonialista para relatar la llegada de las tropas el 15 de enero.

Otro detalle sirve para entender las proporciones de la flama: en 1940 todavía existían huellas palpables de la quema; «ruinas y marcas de fuego por varios puntos; fue a partir de esa década cuando la ciudad empezó a crecer verdaderamente», como expuso en entrevista con JR el prestigioso historiador José Carbonell Alard, ya fallecido.

Candelaria Figueredo, «Canducha», retoño adorado de Perucho, narraría en sus memorias que días después del acontecimiento, observó junto a sus hermanas que «el cielo estaba rojo». «Al verlo mamá dijo: “Parece un gran incendio”, y papá, suspirando, contestó: “En efecto, es un gran incendio; es nuestro querido Bayamo”. Todas empezamos a llorar, pero todas convinimos en que era preferible verla pasto de las llamas que en posesión de nuestros enemigos; pero lo horrible del caso fue que al fin Valmaseda se apoderó de sus ruinas. Desde entonces empezamos a sufrir mil vicisitudes».

Sin dudas, la peor consecuencia de la quema radicó en esas penurias, las que, incluso, condujeron a familias enteras a la muerte. «No se sabe cuántos bayameses perdieron la vida en la manigua, en los potreros o montañas», diría Carbonell Alard. Unos fallecieron por las enfermedades, muchos por la saña de los españoles, cuya expresión más feroz fue la Creciente de Valmaseda, campaña de exterminio que duró más de 20 meses.

La socióloga bayamesa Diurkis Madrigal León ha insistido en la necesidad de seguir estudiando qué pasó con las familias que se separaron en los campos, con las que retornaron a las ruinas de la ciudad y con las que emigraron a otras zonas del país o al exterior.

Algunas, al verse obligadas a regresar, debieron instalarse en espacios reducidos. Luz Vázquez, por ejemplo, la mujer que inspiró La Bayamesa, tuvo que vivir en la cochera de su casa, única pieza que quedó en pie tras el incendio. Allí falleció su hija, Adriana del Castillo, la joven que no quiso dejarse atender por el médico español y murió cantando el himno compuesto por Perucho.

Epílogo
No debemos sentir nostalgia, como sentencia el historiador bayamés Aldo Daniel Naranjo, por el humo inmenso que destruyó una ciudad. Deberíamos entender hoy que la quema del 12 de enero alumbró un sol para la nación y el mundo.

Tendremos que comprender que la determinación ardiente de los bayameses, capaces de sobrepasar ese gentilicio, fue inmensamente superior a la flama colosal de una jornada. Por ellos y el fuego de patriotismo que iniciaron habrá que levantar en todo tiempo otras antorchas.

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